viernes, 31 de enero de 2014

Y Viglietti cantó "A desalambrar"...

Daniel Viglietti.
Bajo el siempre acartonado público que caracteriza una de las más aclamadas diestras tradicionales argentinas, el cantautor Daniel Viglietti entonó el 30 de enero su repertorio de reivindicaciones a la memoria de las aniquiladas generaciones de idealistas latinoamericanos frente a las ofensivas del capital trasnacional y los apátridas locales.
El repertorio televisivo fue de apenas tres cancones, débilmente aplaudidas por atónitos espectadores, muy lejano al “A desalambrar” y más proclives quizá al hit mediático “El campo somos todos”.  Incluso los desheredados, condenados al hacinamiento y la negación. Todos somos propiedad del campo.
Si el folklore pretende entonces ser la abstracción del pueblo, debieran considerar los organizadores que la pretensión de pluralidad debería afirmarse sobre un marco más amplio que la concepción conservadora de familia, patria y (por supuesto) propiedad. No es una asunto de problematizar y dividir (y si así lo fuese, ¿cuál es el problema?) sino del inmenso adormecimiento del civismo en principio, y de la solidaridad y el pensamiento prospectivo en segundo término, en tanto valores de cohesión social. Se trata, sin más, de homenajear a los muertos que dieron en su sangre derechos políticos y la misión de un mundo igualitario, y evitar diluir en un episodio fragmentado y arrinconado en la historia la forzada iniciativa de una desaparición ideológica, una equivocación romántica de impúberes.
Una muestra, acaso, de los límites del Zeitgeist, en que acaso la revisión de los setenta no ha pasado de un caprichoso consumo cultural.

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