Desde inicios de la semana, el
otrora orgulloso pueblo francés, que supo ser violento como la guillotina y
arrogante promotor de la igualdad de os hombres por mandato del derecho
natural, se ha visto conmovido por una situación nada cercana al espíritu de la
comuna revoltosa: su presidente, el socialista (socioliberal) Francoise
Hollande confesó finalmente su infidelidad y su romance con la actriz Julie
Gayet.
La noticia recorrió el mundo y
abarcó distintos noticieros. Sin embargo, un impacto menor tuvieron –según testimonia
el enviado especial del diario Página/12,
Eduardo Febbro- los otros anuncios del mandatario francés el martes 14, en la
nueva relación entre Estado y burguesía.

Dada esta coordinación Estado-empresarios,
la posibilidad de un vuelco en el gobierno está dada en la posibilidad de
convertirse en una alianza flexiibilizadora anhelada por la oposición de
derecha, que ha contado con el rechazo del sindicalismo. Por supuesto, sabrán
los trabajadores si la iniciativa es válida ante una retracción de los puestos
de trabajo o si se trata de otra nueva cooptación del Estado.
También es preciso recordar que
otros episodios ligados a decisiones del mandatario revistieron menos interés
que el frívolo affaire de Hollande. Así, la masacre sobre la población libia para
destituir a Muammar al Gaddafi en 2011 promovida junto con Estados Unidos y
Gran Bretaña, o la invasión a Malí en 2013 luego, no ameritaron ninguna reflexión
sobre la patética nostalgia hacia el
pasado imperial francés.
Penosamente, el intervencionismo
criminal o la afirmación militar en el club de los segundones subsisten con
influjo napoleónico, en tanto el Antiguo Régimen continúa modelando la moral
popular, herido ante el vejamen del presidente infiel y la caprichosa sanción
del matrimonio igualitario.
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